por: Ernesto Limia Díaz
En 1898 Estados Unidos decidió intervenir en la guerra de independencia de Cuba, sin conceder el reconocimiento al Gobierno de la República en Armas. A lo largo del siglo XIX Washington había defendido el derecho a una relación especial con la Isla, dada su proximidad geográfica; pero en realidad ganaba tiempo, a la espera —activa— de una coyuntura favorable a la anexión: «Hay leyes de gravitación política, como existen las de la gravitación física; y si una manzana separada del árbol por la tempestad, no puede hacer otra cosa que caer al suelo, Cuba, separada a la fuerza de su artificial conexión con España, e incapaz de bastarse a sí misma, puede únicamente gravitar hacia la Unión norteamericana […]»—había definido, en 1823, el entonces secretario de Estado John Quincy Adams en las instrucciones a su embajador en Madrid (Thomas, 2013: 106), estrategia que trascendió como la «política de la fruta madura».
